—La guerra es como un partido de fútbol; quien pierde, da la mano a su adversario y todo puede darse por terminado.
Yo era amigo de Goering, pero aquello me pareció excesivo.
Tras el horrible baño de sangre que había representado la Segunda Guerra Mundial, era lo peor que podía decirse. Acabábamos de capitular sin condiciones, Europa estaba en ruinas y al mundo le había costado aquella guerra millones de muertos. ¿Podía decirse en tales circunstancias que no había sido todo ello más que un partido de fútbol?
En las siguientes estaciones de mi cautiverio, en Ausburgo, Wiesbaden y Oberursel, los oficiales de recepción siguieron citando cínicamente las palabras de Goering: "La guerra es como un partido de fútbol..."
En la prisión militar aliada de Nuremberg, en la Führter Strasse, detrás del Palacio de Justicia, donde los jerarcas del Tercer Reich todavía con vida esperaban su proceso, volví a ver a Goering. Era otro Goering, muy diferente de aquel a quien había tratado de convencer de que se opusiera a Hitler en su tren especial. El Goering que yo recordaba era grueso, constelado de condecoraciones y joyas. Ahora llevaba su guerrera de uniforme color gris claro, sin condecoración alguna. La prenda aparecía sucia y arrugada. Goering había perdido por lo menos cuarenta libras. Pero paradójicamente, su aspecto era más saludable que durante la guerra. Aquel Goering parecía un hombre nuevo.
Por el médico de la prisión, doctor Pflücker, me enteré de que el adelgazamiento era consecuencia de un tratamiento a que se había sometido para librarse de su hábito de morfinómano (Durante la marcha sobre la Feldherrhalle, Goering había resultado gravemente herido. Se utilizó la morfina para mitigarle los dolores y, finalmente, se convirtió en un adicto.)
Tras la entrega del pliego de cargos me fue posible hablar por vez primera con él en el cuarto de ducha, donde coincidimos asimismo con el doctor Frick.
—Este proceso está dirigido a la galería — dije —. Lo más sensato sería que recusáramos en bloque el tribunal y nuestros abogados renunciaran, asimismo, en conjunto, a la defensa. Si todos nos negáramos a defendernos, podría el tribunal, ya que se trata de un consejo de guerra y de un tribunal militar, disponer una defensa obligatoria. Pero si también nos negáramos a hablar con esta defensa, podrían, naturalmente, proseguir las sesiones del proceso y leerse durante un año entero las piezas de acusaciones, así como intervenir los defensores de oficio. Podrían también condenarnos a muerte y colgarnos. Pero la sentencia no tendría ante la opinión mundial el menor valor.
Frick respondió:
—Esto no tiene nada que ver con el Derecho. Aquí estamos sometidos a la arbitrariedad y la violencia.
Goering denegó por su parte con la cabeza. —No, Schirach; eso no lo conseguiremos. No lo lograremos con estos acusadores y estos defensores.
Goering sabía que muchas cosas esperaban a los acusados. Unos querían defenderse asegurando que como oficiales no habían tenido nada que ver con el nacionalsocialismo; otros se presentaban como resistentes; otros, como simples receptores de órdenes.
Uno había caído ya bajo el peso de la acusación. El antigüe jefe del Frente del Trabajo, doctor Robert Ley, que se colgó en su celda. Había visto muchas veces durante la reclusión a aquel hombre, de baja estatura y aspecto ensimismado. Su apatía era evidente, hasta el punto de parecer indiferente a cuanto ocurría a su alrededor. Recordé que hacía años me había dicho:
—No tengo derecho a presentarme como un paladín de los germanos. Tampoco soy ningún ejemplo en la vida.
La documentación sobre su ascendencia estaba guardada en uno de los archivos de Hess porque Ley era de origen judío y se apellidaba en realidad Levi.
Goering me contó que Ley había pronunciado una conferencia en el campo de concentración de Mondorf, en Luxemburgo, donde los aliados habían reunido a los antiguos miembros del Gobierno nacionalsocialista antes de trasladarlos a NurembArg. Había dicho:
—Nos equivocamos, señores míos. Los judíos están llamados a ejercer el dominio mundial. Y nosotros tenemos que ayudar a que lo consigan.
—No sé, Schirach, si fue cobardía o Ley estaba efectivamente convencido de lo que decía.
Tras su muerte, la vigilancia se hizo más severa. Los aliados temían que, de multiplicarse los suicidios, llegara a hacerse imposible el proceso. Ante cada celda montaba guardia día y noche un centinela que era relevado cada dos horas. La puerta permanecía sin cerrar. En los momentos en que el prisionero se dirigía hacia el rincón donde estaba el retrete, el vigilante entraba para impedir que aprovechara aquella circunstancia para colgarse, como Ley había hecho, con el pañuelo, de la cañería. Fueron instalados también proyectores que nos iluminaban por la noche.
Un día, cuando me conducían para hablar con mi abogado, me crucé con un preso que iba esposado a sus guardianes. No había vuelto a ver a aquel hombre desde 1941. No demostró con gesto alguno que me había reconocido. Pasó ante mí con sus largas zancadas. Por la noche pregunté al profesor Kelly, el psiquiatra jefe de la cárcel:
—¿Qué hace Hess aquí? Él se fue a Inglaterra para conseguir la paz.
La respuesta de Kelly fue esta:
—Comparecerá ante el tribunal como uno de los principales acusados. Es nuestro caso más interesante. Esta tarde, como no estaba locuaz y aseguraba que había perdido la memoria, he traído a su antiguo amigo, el general Haushofer, a quien conoce desde sus tiempos de estudiante. No le ha reconocido o no ha querido reconocerle; en realidad, no lo sabemos exactamente. Hess es para nosotros un enigma.
Cuando Hess declaró unos meses después ante el tribunal que gozaba de perfecta memoria y que solamente había aparentado su pérdida para defenderse de preguntas indiscretas, le pregunté:
—¿Reconoció usted entonces a Haushofer?
Hess respondió:
—Resultó muy penoso para mí aparentar que no le conocía.
Director de la cárcel de Nuremberg era el coronel Andrus, sujeto repleto siempre de odio. No era en realidad un americano típico. Su origen era lituano. Diariamente nos reunía una o dos veces en el patio de la prisión para pasar lista. Tenía siempre nuevas instrucciones para nosotros. Día tras día ideaba nuevas triquiñuelas. En una ocasión preguntó si teníamos que hacer alguna objeción al trato que recibíamos. Cuando nos quejamos de la escasa alimentación, nos espetó:
—Tienen ustedes que pensar cómo les iba a las gentes en sus campos de concentración.
El doctor Schacht, antiguo presidente del Banco del Reich y ministro en el gabinete de Hitler, respondió con su conocida prontitud de reacciones:
—No tienen nada que contarme. Estuve durante años en campos de concentración. Allá me fue mucho mejor que con ustedes.
Conforme se fue acercando la fecha del proceso, los presos tuvimos mayores oportunidades de entrar en contacto unos con otros. Tanto durante el paseo circular, de media hora de duración, que hacíamos por el patio de la cárcel, como en las comidas, que efectuábamos conjuntamente, en una de las mayores celdas del Palacio de Justicia, donde se habían dispuesto múltiples mesas pequeñas, cada cual para cuatro personas. Con frecuencia me sentaba al lado de Goering, Keitel y Jodl. Observaba atentamente a Goering. Comía con gran apetito y mantenía entre los labios una pipa de cazador de mediano tamaño, cosa que anteriormente no había visto más que en contadas ocasiones en aquel apasionado fumador de cigarros puros que él era.
Tras las sesiones vespertinas del proceso nos llevaban a pasear en el patio de la prisión.
Cojeando, se acercaba a nosotros uno al que casi todos trataban de evitar: Julius Streicher. Cuando le pregunté qué tal le iba, me respondió:
—Mal, Schirach. No me dejan dormir ninguna noche. Los guardianes construyen pequeñas horcas de las que cuelgan un muñeco y las colocan por la noche en mi ventana. Arman ruido hasta que me despierto y veo entonces un ahorcado. No me ha servido de nada quejarme; cada noche se repite lo mismo.
En uno de aquellos paseos entré en conversación con el jefe de la Gestapo, Kaltenbrunner.
—Óigame, Kaltenbrunner; en el último año de guerra entramos en conocimiento, según ha atestiguado asimismo el pliego de cargos, de que millones de judíos habían sido enviados a los campos de concentración y exterminados allá. Hasta ahora, cada uno de los acusados ha declarado que no sabía nada sobre aquello. Pero usted, Kaltenbrunner, tenía que saberlo. Por eso le colgarán igualmente. Declare afirmativamente. Usted era en definitiva el hombre que accionaba el conmutador de aquella gigantesca maquinaria de exterminio.
Kaltenbrunner respondió:
—No sé absolutamente nada sobre el exterminio de judíos.
—En tal caso, señor Káltenbrunner, no tenemos nada más que decirnos — respondí al tiempo que me volvía hacia Goering.
—Existe solamente la posibilidad de que usted, mariscal, declare como principal inculpado, quién ordenó el exterminio de judíos y quiénes fueron responsables de todo ello.
Pero Goering me objetó:
—Sabe usted, Schirach... Ocupamos todos la misma barca y tenemos todos la cuerda al cuello. Mi tarea será defender ante el tribunal la política del Führer y del Reich. Puede deducirse, por tanto, que asumiré la responsabilidad de cuanto ocurrió. Pero déjeme, por favor, en paz con los judíos muertos; con eso no tuve nada que ver.